Una araña en la cortina. Mi mente siempre recupera esa imagen. Resulta absolutamente absurdo en realidad. Mi vida se partía, todo lo que había sido mi existencia hasta ese instante moría atravesada por dolorosas palabras puñal. Aquel al que yo había adorado, y a mi pesar, todavía adoraba un poco, me destruía mirándome a los ojos y hablando pausadamente. No sé si ver directamente a mis pupilas le hacía sentir que no estaba haciendo nada malo, o si simplemente, intentaba captar el instante en el que caería al suelo deshecha en trozos de caducada esposa, para que él pudiese abandonar la habitación pisándolos.
Una araña en la cortina. Es mi recuerdo más claro y conciso de aquel momento. La voz dulzona de mi hombre vagaba por la habitación sin encontrar mis oídos. Sólo algunas palabras sueltas me rebotaban en el pelo y me entraban por las orejas. “no hacerte daño…” “la quiero…” “maleta…” “lo siento…”. Sabía perfectamente lo que estaba pasando, lo que estaba diciendo, pero no podía prestarle mi atención. Lo había hecho durante los veinte años de nuestro matrimonio y éste era el resultado. Ese asqueroso al que yo había adoptado, que no desposado, porque más había sido su madre que su mujer. Ese desecho al que había aguantado hasta perder a la persona que yo era. Ese. Ese me pagaba ahora cambiando los quilos de más que la vida a su lado me había regalado, por los años de menos que otra le regalaba a él.
Toda una tragedia. En medio de la cual yo sólo podía prestarle atención a la araña que trepaba por mis inmaculadas cortinas. Me resultaba igual de asquerosa que mi futuro ex. Una araña en mis impolutas cortinas y una rata en el sofá. En un instante el salón lleno de alimañas. Igual de insoportables e inaceptables los dos. El uno me hablaba de destruir nuestro fingido feliz matrimonio con voz de culpable orgulloso de serlo, y la otra, sonará a delirio, se reía de mi con su minisculísima boca, mientras hacía rali por el raso azulón de mis cortinones. No es locura, podía adivinar la mofa del arácnido. Me conocía. Quizás la había intentado exterminar en alguna anterior ocasión, y ahora se vengaba utilizando sus larguísimas patas para hacer escarnio. Parecía preguntarme socarrona “¿Quién está atrapada ahora? ¿Quién se ha quedado sin salidas?
La habitación ya estaba abarrotada de palabras extraviadas y el señor de “en lo bueno y en lo malo” parecía dispuesto a seguir repartiendo vocablos. No hubiese estado segura de seguir teniendo cuerpo de no ser por mis pies helados y mis mejillas llameantes.
Y la araña en la cortina.
Noté que las palabras, muy cucas ellas, habían formado frases en el aire y se divertían lanzándose contra mí, pero ya no salían de ninguna boca. Por fin el macho de la casa parecía haber terminado de dar su mensaje, y me di cuenta de que me miraba esperando una respuesta. Al contrario que él yo no pude liberar mis pensamientos. No es que fuesen demasiados para dejarlos salir todos a la vez, ni que estuviese tan trastornada que no pudiese ni hablar, que es lo que le gustaría pensar a él. Era simple, llana, y ridículamente, que todo mí ser se concentraba en la araña que se atrevía a profanar mis cortinas, con la intención vengativa de burlarse de mí. No podía dejar que se saliese con la suya, no podía. No podía soportar su burla.
Un segundo. Un segundo fue lo que tardé en levantarme de la butaca, agarrar lo primero que pillé e ir a por ella. Golpeé sin pensar, sin medir, sin calcular cuántos ni dónde. Aquello era el éxtasis. Golpeé, golpeé y golpeé, e intenté seguir golpeando mientras mi señor de la casa intentaba parar mi furia asesina con extremidades y gritos.
Me detuve. Había sangre, mucha sangre. Más de la que pudiera llevar en su cuerpo aquella sucia araña. Mi adorado de ayer me lanzó contra la pared y se tiró al suelo aullando palabras de auxilio.
Resbalé hasta sentarme en el suelo sin entender tanto alboroto por un bicho repulsivo y mordaz.
Mi pié se encontró por los suelos con otro pié. Un pié inerte que calzaba zapato de tacón. Sonreí. Un pie de mujer pero un alma de araña.
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